
Pierre Faure fue un hombre de su tiempo, lo que equivale a decir un hombre de todos los tiempos; francés y jesuita, con todo lo que ello implica en cuanto a universalidad de pensamiento y compromiso en acción. Hombre político en el sentido más profundo del término, pasó del trabajo solidario en la reconstrucción de su patria durante la posguerra a la actividad más específicamente educativa, realizando, aquí y allá, un admirable conjunto de obras que continúan vigentes a veinte años de su muerte.
El padre Faure supo beber en las fuentes de la pedagogía, de la antropología cristiana, del humanismo. . . Buscó, conoció y trabajó al lado de los más destacados pedagogos e investigadores de su tiempo. Estuvo siempre atento al acontecer político y social de Francia y del mundo. Observó y amó a los pequeños, a los marginados, a los desfavorecidos. . . de todo ello extrajo una síntesis notable que conjuga la solidez y la profundidad de su contenido con la claridad y la sencillez de su exposición.
Anne-Marie Audic, discípula y colaboradora destacada de Pierre Faure, nos ofrece n esta obra una visión competa y ampliamente documentada de la vida y obra del padre, en la cual combina, de una manera entrañable, sus recuerdos personales y aquellos de un gran número de antiguos colegas, colaboradores, discípulos y amigos, con la información contenida en un sinfín de documentos y archivos de la más diversa naturaleza.
En estos tiempos de globalización, de primacía del mercado, de exceso de información y ausencia de reflexión, de “comunicación” virtual e incomunicación real, resulta sumamente estimulante conocer más y mejor al padre Faure, cuya labor pedagógica es hoy un ejemplo de universalidad que contrasta y pone en evidencia la vacuidad y la incoherencia de los “valores” que pretenden imponerse en este principio de siglo; frena a la globalidad, la universalidad de espíritu, de pensamiento, de acción . . .
Jorge Eduardo Patiño Ramírez
Traductor
“Un día que no tardará en llegar,
sus amigos y colaboradores escribirán
una biografía en la cual iniciativas, descubrimientos,
expansiones, incluso conversaciones
encontrarán su lugar”
Stanislas de Lestapis S.J.
Prefacio
Aunque no goce todavía del renombre y del público que merece, la obra educativa y pedagógica del padre Faure es considerable. Oculta, como todas las pedagogías cristianas, por el clima laicista de la época durante la cual fue elaborada, ha sufrido las reticencias experimentadas en ciertos medios católicos respecto a de una educación nueva sospechosa de cierta complicidad con el rousseauismo. Pero, diez años después de su muerte, el dinamismo de su actividad y el valor de su pensamiento, ambos marcados tanto por su originalidad como por su coherencia, justifican y aún requieren que un homenaje ferviente les sea rendido y que un estudio metódico haga un balance de ellos.
Para tal objeto, nadie, evidentemente, estaría más calificado que Ann-Marie Audic, quien tuvo en efecto, durante largos años, el privilegio de trabajar con el padre Faure. Y, por este hecho, con el ardor y la eficacia que se le conoce, llevó a cabo este bello proyecto, que inicialmente volvían aleatoria la variedad de campos involucrados y la abundancia dispersa de las fuentes. Pero, con un ánimo por el cual se impone felicitarla, logró vencer estos obstáculos, y así , sostener brillantemente, en mayo de 1997, la tesis de Doctorado en Ciencias de la Educación de la que esta obra es resultado. Al término de una perseverante investigación, cuya minucia no excluye en modo alguno la amplitud, cuya implicación no encontraría el rigor y cuya calurosa adhesión no compromete la firmeza de la argumentación, pone en evidencia la triple especificidad de un recorrido, de una acción y de un pensamiento del cual reconstituye el origen, identifica los componentes y evalúa los efectos.
Fuera de lo común, ciertamente fu este religioso cuya unidad e inspiración emanaba sin equívoco de la antropología cristiana que constituía su referencia. Esto no fue siempre comprendido, debido a que percibía en cada cual el don de Dios que no veía incompatibilidad entre la confianza de entrada concedida al niño y la finalidad teocéntrica de su educación. Es por ello que supo inscribirse con finura pero con claridad, con discreción pero con fuerza en el debate pedagógico del siglo XX y situarse sin sectarismo ni ingenuidad sino con habilidad y pertinencia entre quienes marcaron su desarrollo.
Este “jesuita-lasallista”, como dice Anne-Marie Audic, sabia aproximar sin sincretismo y estimular, una a otra, sin confusión dos insignes tradiciones. Nutritiva para cada niño, (especialmente los más pobres, que amaba Juan Bautista de La Salle), la ambición intelectual y espiritual propia de la pedagogía surgida de San Ignacio, encontró en “la educación personalizada y comunitaria” emanada de una Educación Nueva sanamente comprendida, el medio de articular, respetando la singularidad de cada uno, dos doctrinas aparentemente divergentes. Se ve, al leer esta obra, cómo a partir de su experiencia en la Acción Popular y a través de su lucha de posguerra por la salvaguarda de la libertad de enseñanza, el padre Faure profundizo constantemente su concepción de las finalidades de la educación y afinó una didáctica de cuya aplicabilidad se preocupaba, simultáneamente, por verificar en las instituciones a los que estaba ligado, no sin organizar, notablemente en el CFP (Centro de Formación Pedagógica) que lleva su nombre, una formación apropiada del cuerpo de docentes y no sin prever también , gracias a la Asociación Internacional de Investigación y Animación Pedagógica (AIRAP), la perpetuación de sus intuiciones.
De orden histórico, ya que aclara un episodio notable de la pedagogía de nuestra época, de orden anticipador, ya que propone una práctica a implantar, este libro incitará, por propio derecho, el doble reconocimiento de sus lectores; hacia el autor estudiado, por todo lo que es debido, y hacia Anne-Marie Audic, por la investigación que ha realizado.
Guy Avanzini.